La toma de decisiones

“No nos juzgan por nuestro talento, sino por las decisiones que tomamos” le decía el viejo maestro al joven mago en la novela de J.K. Rowling. Y es que el elegir, desde pequeños asuntos a aquellos críticos que pueden comprometer el futuro, es un trabajo cotidiano del empresario que muchas veces no tomamos suficientemente en serio.

En las pymes, la toma de decisiones de los asuntos importantes generalmente se encuentran centralizados en la figura del líder máximo. Y todos están pendientes de lo que éste dirá sobre tal o cual asunto, obligando a llevar sobre sus espaldas todo el compromiso de los errores o aciertos que pudiera acarrear. Por el contrario, cuando éste se encuentra ausente o no es capaz de tomar decisiones, la empresa se estanca.

La estructuración de un sistema de toma de decisiones de una organización viene aparejada de su profesionalización, donde se acuerdan niveles de decisión que pueden adoptarse de acuerdo al área que corresponda, la importancia del tema, y la experiencia o competencias que tengan las personas para decidir. El derivar a distintos niveles la toma de decisiones implica tener un buen sistema de información y comunicación que permita conocer las implicancias de las acciones tomadas, coordinarse, y finalmente evaluar sus resultados.

En la toma de decisiones, más que tratar de acertar, tiene que ser el resultado de un proceso que, de acuerdo a nuestra capacidad, podrá ser lenta o inmediata. Este proceso involucra el tener claro el objetivo, qué es lo que se desea; asimismo, debe identificarse claramente el problema y sus causas. Hay veces que solo vemos lo aparente del problema y no analizamos en profundidad cuáles son sus raíces, que es donde debemos atacar si pretendemos soluciones de fondo.

El problema definido, por lo general, no tiene una sola solución. Debemos ser capaces de generar varias alternativas. El observar los pro y los contra de cada una de ellas nos ayudará a saber por qué camino transitar. Cada decisión que tomamos diariamente tiene sus consecuencias. Por ello, es conveniente tratar de identificarlas en aquellas que realmente sean relevantes para nuestro negocio.

También debemos determinar cuáles son las acciones que convertirán a esa decisión en realidad. Muchas veces creemos tomar decisiones que no se traducen en actividades concretas, por lo que todo queda más bien reducido a “buenas intenciones”. Estas actividades deben ser monitoreadas para asegurarse de su cumplimiento. Es común encontrar que una decisión en la que está implicado un cambio cultural, por ejemplo, con el tiempo se tienda a retornar a su estado anterior.

Finalmente, la capacidad de la toma de decisiones del empresario no debiera entregarse enteramente a un esquema racional o analítico. También tendrá que tenerse en cuenta esa intuición, esa percepción de hacer lo correcto, tal vez como resultado de la experiencia, de los principios asumidos o de los conocimientos personales que éste pudo acumular. Esa es finalmente la conclusión que destacan al empresario y muchas veces lo diferencian de su éxito o su fracaso.